martes, 14 de junio de 2011

Un ángel del cielo



Era un día de invierno, en las vacaciones de navidad, ya había anochecido. Mi hermana Alicia miraba por la ventana de mi habitación, solo tenía tres años pero de puntillas y haciendo fuerza con los brazos era capaz de llagar al saliente de la ventana. Contemplaba el jardín trasero, el cual estaba lleno de flores de colores que le llamaban mucho la atención al estar en la estación en la que estábamos.
De repente un copo de nieve cayó del cielo.
Alicia corrió hasta el escritorio, donde me encontraba sentada dibujando unos garabatos, y empezó a tirar de mi sudadera haciendo sellas hacia la ventana. Aún en aquella época no sabía hablar muy bien, por eso se comunicaba por sellas y gestos.
Cuando miré a la ventana ya no eran ni uno ni dos, ya estaba nevando, no con abundancia, más bien como si fuese una fina lluvia. Me acerqué a la ventana, cogí a Alicia por la cintura y la apoyé de pie en el saliente de la ventana, para que pudiera observar mejor la fina capa de nieve que ya cubría la hierba del jardín.
Era algo muy bonito, en el cielo brillaban unas grandes estrellas, de las que si hubiera observado mejor diría que parpadeaban, pero me fijaba más en la cara de mi hermana, a la que le brillaban los ojos y tenía la boca abierta.
Levantó su pequeño brazo y señaló al cielo, con los ojos más abiertos si podía. Giré la cabeza para ver que era aquello y entonces encontré una estrella que no paraba de parpadear, cada vez más rápido. Su brillo se apagaba lentamente y comenzó a descender del cielo. Poco a poco, mientras que más se acercaba, se iba haciendo más y más grande, incluso diría que se acercaba a nosotras.
La estrella empezó parecerse a la figura de una persona, un chico, el cual caía desde el cielo hasta nuestro jardín. Y entonces ¡puf! Cayó al suelo, él y sus… ¿alas? Tenía alas, aunque grises, casi negras. Entonces ¿era un ángel? Esto cada vez es más extraño.
La nieve empezó a teñirse de color rojo a su alrededor, era sangre que salía de sus heridas, que estaban sembradas por todo su cuerpo. Dejé a Alicia en el suelo, abrí la ventana y salté a fuera, estaba en una planta baja y no había peligro.
Lo vi, estaba a su lado, caí de rodillas, me estaba helando, hacía mucho frío pero eso no importaba. Se movió, el ángel se movió y me miró con unos ojos azules como el cielo.
- Ayúdame – me dijo con una suave voz – tienes que ayudarme, por favor – su voz se quebró en la última palabra.
- ¿Qué puedo hacer por ti? – le dije sin miedo.
- Esconderme… y limpiar el rastro de sangre para que no me encuentren.
Con mucha suavidad le cogí por el brazo y lo pasé por mi cuello. Era un poco más alto que yo pero no aparentaba mucho más, quizá dos años, unos dieciocho o diecinueve.
Le tumbé sobre mi cama, entonces me di cuenta de que sus heridas empezaban a curarse lentamente. Salí de la habitación y volví con una pala. Para entonces Alicia ya estaba encima de la cama, investigando la situación. Empecé a agrupar rápidamente la nieve en un montón y a cavar un hoyo en la tierra, lo suficientemente grande como para meter dentro la nieve, después lo cerré, de momento eso sería suficiente.
- - Gracias- me dijo cuando volví a entrar con una leve sonrisa.
- - ¿Quién eres?- pregunté, mientras Alicia le acariciaba suavemente una mano.
- - Humm… es una larga historia… y ahora no tengo fuerzas suficientes como para contarla.
- - Ah… entonces descansa, yo dormiré con mi hermana- dije mientras cogía en un abrazo a Alicia- no hay nadie más en casa asique mañana vendré a ver si necesitas algo.
- - Gracias de nuevo.
Entonces ya no contesté, solo sonreí y cerré la puerta de la habitación.
Todo eso era absurdo. Quizá era un sueño. Y si era verdad nada me podía asegurar que mañana siguiera ahí esperando. Lo mejor era olvidarse de eso, al fin y al cabo mañana sería un nuevo día, y pasara lo que pasara seguro que podría con ello.

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